Ayer por la mañana se fue Juan Carlos Distéfano, el agudo y amoroso Juan Carlos. El artista gigante y la persona enorme. Su compañera, Griselda (la conocida escritora y dramaturga Griselda Gambaro), con quien compartió más de 70 años, se encontraba junto a él en la misma casa en donde vivieron siempre durante las últimas décadas.
Lucas y Andrea, sus hijos, andaban muy cerca. El día anterior al alejarse de Juan Carlos, el viernes (antes de ayer), había sido el cumpleaños de Griselda. Hace algunos años tuve la suerte de estar muy cerca de todos ellos.
Ahora que Juan Carlos se aleja, se va, me llegan ráfagas de recuerdos como pinzas, furtivas como filos penetrantes. Giros inesperados, después de tanto tiempo. Ráfagas que muestran la generosidad de Juan Carlos, su detallada atención, su amorosidad, su cariño.
Juan Carlos y Griselda llegaban a la casa en donde comenzábamos a estar con Lucas, y que todavía se estaba terminando de armar. Llegaban con fuentes, comida y panes. Llegaban a la casa, y todo se inundaba de energía y alegría.
Y entonces los espacios y las charlas se convertían en divertidos y originales. Griselda reía, y a Juan Carlos se le iluminaban los ojos: se le ponían chinitos, chinitos, chinitos.Memoria 2: Juan Carlos estaba terminando de colgar algunas cosas en las paredes de la casa, todavía en marcha. Me dice: “El reloj podría ir ahí, ¿qué pensás?”, señala.
Y agrega: “Así pueden verlo desde todas las habitaciones al mismo tiempo”. Detallista, exacto, agudo, con un registro absoluto y desinteresado de todo lo que ocurría. Y con un sutil y delicado tacto.Memoria 3: Griselda y Juan Carlos llegaban a la casa.
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