A las cuatro de la madrugada, al sur de la India, en Karnataka, cientos de mujeres abandonan las chabolas donde malviven para asearse a la intemperie antes de ir a recoger caña de azúcar. La escena se repite cada día en los campamentos improvisados que acogen a las familias migrantes llegadas desde Beed, en Maharashtra. Sin acceso a agua potable ni a aseos, enfrentarse a la menstruación en pleno campo de cultivo se convierte en un calvario que amenaza directamente su única fuente de ingresos.El negocio del azúcar en la India mantiene atrapados por deudas a cerca de 1,5 millones de trabajadores, según el diario británico The Independent.
En este sector, que abastece a grandes multinacionales, el rendimiento se mide al milímetro. Las familias firman acuerdos con contratistas locales para recibir un anticipo económico y quedan obligadas a recolectar una media de tres toneladas diarias por pareja laboral —normalmente formadas por marido y mujer— para saldar la deuda acumulada.Con una remuneración diaria que ronda apenas los 4,5 euros por jornadas agotadoras de 14 horas, la menstruación se ha transformado en un grave obstáculo para la producción. Si una mujer interrumpe su labor debido a los dolores o a los calambres menstruales, el sistema no contempla bajas ni descansos: se le exige el pago de penalizaciones económicas para compensar las toneladas no cosechadas.
Ante la imposibilidad de afrontar estos castigos, muchas optan por someterse a intervenciones quirúrgicas para extirparse el útero.Un negocio privado a costa de la salud de las trabajadorasSin embargo, someterse a una histerectomía no alivia el ahogo financiero de estas trabajadoras, sino que a menudo lo agrava. Las clínicas privadas son las que incentivan y realizan estas intervenciones sin una adecuada justificación médica, aprovechando la desesperación de las familias. Para pagar la propia operación, los campesinos se ven forzados a solicitar nuevos préstamos a los mismos contratistas que los explotan en los campos.“Mi sufrimiento no disminuye.
Si continúo en este trabajo, solo aumentará. Tal vez si pudiera dejar de levantar tanto peso mejoraría, pero no tenemos otra opción”, señala a The Independent Poornima, una de las afectadas que evalúa pasar por el quirófano tras tres años soportando dolores agudos mientras carga grandes pesos. La jornalera añade la realidad del sistema: “Hasta para quitarme m…
Rogelio Adonican OsorioLa Palma (Panamá), 20 oct (EFE).- Miles de familias afectadas por el terremoto de magnitud 7,7 del pasado 9 de octubre en Panamá siguen sin poder regresar a sus viviendas y reclaman atención médica, apoyo psicológico y materiales para reconstruir sus hogares, mientras la entrega de casas temporales ofrece un alivio para los damnificados.En La Palma, una comunidad del distrito de Tonosí en la golpeada península de Azuero, epicentro del terremoto, Danixelyz Rodríguez, de diecinueve años, intenta mantener unida a su familia después de que el sismo dañara gravemente las casas de su bisabuela, de su abuela y de su madre.“Mi bisabuela estaba solita cuando se le cayó la casa. Nosotros pensamos que se había golpeado, que se había quebrado, pero gracias a Dios no pasó a más. El susto fue grande”, relató Rodríguez a EFE.La joven, que también perdió su vivienda en el sismo, explicó que varios miembros de su familia tuvieron que buscar alojamiento en casa de un tío, mientras que una amiga de su madre logró contactar a personas de la Alcaldía del distrito de Panamá para conseguir una vivienda temporal para su bisabuela.El pasado domingo se habían instalado ya doce casas temporales a través del programa ‘Chantin pa’ la gente’, impulsado por el alcalde de Ciudad de Panamá, Mayer Mizrachi, con aportes de empresas privadas y de la sociedad civil canalizados mediante la Fundación Omar Alfano.Las “chantin” consisten en contenedores adaptados para funcionar como alojamientos provisionales, con servicios básicos y equipamiento para atender las necesidades inmediatas: contienen una o dos camas, una ducha, servicio higiénico y aire acondicionado.“Estoy feliz por mi bisabuela, porque no tenía dónde vivir”, dijo Rodríguez, estudiante de un técnico en enfermería y de una licenciatura en programación.En el sector de Troncosa, a pocos minutos de La Palma, Nilsia Barría también recuerda con temor el momento del terremoto, pero su situación y la de su nieto, Luxian Solís, cambió al recibir una de las casas temporales entregadas a las familias damnificadas.“Para mí esto significó mucho.
Ha sido una cosa muy especial para mí”, dijo Barría a EFE, mientras permanecía bajo una estructura improvisada, que le sirve para protegerse de la lluvia y cocinar, y observaba los escombros de su antigua casa.El Sistema Nacional de Protección Civil (Sinaproc) informó que se han eva…
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