Una mañana de septiembre de 2019, los estudiantes de The Community for Learning (TCFL) encontraron algo nuevo en la entrada del colegio: un estuche de tela numerado. Debían introducir allí su teléfono, cerrarlo con un seguro magnético y llevárselo consigo el resto del día. El aparato seguía siendo suyo y seguía en su mochilas.
Simplemente, no podían abrirlo hasta la hora de la salida.Entonces la medida parecía una excentricidad. Siete años después es, en lo esencial, lo que el Ministerio de Educación (MINERD) exige a todos los centros educativos del país mediante la Orden Departamental 011-2026, firmada en mayo pasado por el ministro Luis Miguel De Camps.Maestros convertidos en vigilantesLa decisión de TCFL no nació de una teoría pedagógica, sino de una fricción cotidiana. Los profesores gastaban energía en vigilar pantallas en lugar de gastarlas en enseñar; los juegos, los videos y los chats competían con las clases; las llamadas de los padres interrumpían la jornada.
Y en los recreos los patios se habían quedado en silencio: los muchachos preferían la pantalla a la conversación.Cuando el colegio revisó los registros de tiempo de pantalla de algunos estudiantes, encontró casos de entre ocho y doce horas diarias frente al teléfono.En el recuento de la experiencia que publicó Carla Meyrink, fundadora y directora del colegio, la conclusión del equipo docente aparece sin rodeos: se habían convertido en «policías de teléfonos». La alternativa que buscaban no era confiscar los aparatos, sino volverlos inaccesibles sin quitárselos a nadie. La encontraron con un sistema de estuches con cierre magnético usado en conciertos y teatros.
En septiembre de 2019, tras una carta a los padres, los estuches entraron a las aulas.El cambio se sintió en el recreoLos efectos llegaron rápido, los profesores reportaron menos distracciones y una enseñanza más fluida. Pero el cambio más visible ocurrió fuera del aula. «El recreo está buenísimo, ahora hablamos entre nosotros», resumió un estudiante en el recuento del colegio.
Alumnos de distintos grados volvieron a jugar juntos y los patios recuperaron el ruido.La resistencia que el colegio temía apenas apareció. «Al principio no me gustó la idea, pero solo me sentí así como una semana», contó otro estudiante. «Ahora noto que interactúo más con los profesores y con mis compañeros».
Los estudiantes también describieron algo menos visi…
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