Hay tantos Buenos Aires que me resisto a quedarme con uno solo. Prefiero que cada viaje contradiga al anterior y conserve intacta la capacidad de asombro. Cada visita descubre una ciudad distinta, aunque las calles sean las mismas y el Río de la Plata continúe extendiéndose como un mar de aguas pardas.
Buenos Aires no se deja poseer de una vez; exige ser leído por capítulos.Está el Buenos Aires del tango, el que Gardel inmortalizó con una nostalgia capaz de sobrevivir incluso a quienes nunca lo han habitado, y que borra penas y olvidos. Está el de Jorge Luis Borges, donde una esquina cualquiera conduce a un laberinto, una biblioteca infinita o una conversación sobre el tiempo. Por eso pudo escribir que juzgaba la ciudad «tan eterna como el agua y como el aire».
Describía, además de una geografía, una condición del espíritu.Está también el de nuestro Pedro Henríquez Ureña, que encontró la muerte en un vagón del ferrocarril bonaerense. El destino decidió que el más universal de los dominicanos hiciera del viaje su última lección. La Argentina le ofreció una segunda patria, pero fue Buenos Aires donde esa patria adquirió rostro.
Desde sus cátedras enseñó lengua y literatura, aunque su legado fue mucho más profundo: transmitió una ética del conocimiento, del rigor y de la conversación civilizada que marcó a varias generaciones. Pocos extranjeros se integraron con tanta naturalidad a la vida intelectual argentina. Borges, siempre avaro para el elogio, escribió de él que era «uno de los hombres más memorables que he conocido», y Ernesto Sábato lo evocó igualmente como uno de los grandes maestros de su tiempo.
Caminar hoy por las calles porteñas es recordar que uno de los nuestros ayudó silenciosamente a engrandecer una urbe que durante buena parte del siglo XX fue la capital intelectual de Hispanoamérica.La ciudad formaciónEstá el Buenos Aires que la cátedra universitaria fijó para siempre en mi memoria. Estudié un libro inolvidable: Argentina: A City and a Nation, del historiador James R. Su tesis era tan sencilla como reveladora: para comprender la Argentina había que empezar por Buenos Aires.
Más que la capital política, era el puerto por donde desembarcaban inmigrantes, ideas y capitales; el centro editorial, financiero y universitario; el escenario donde el país debatía consigo mismo y, con frecuencia, decidía su des…
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