En escuelas, consultorios y guardias recibimos niñas, niños y adolescentes que no pueden dormir, aprender, comer o dejar de hacerlo de manera compulsiva, jugar ni separarse de una pantalla.Algunos llegan después de haberse lastimado, de haber agredido a otros o de haber cometido un delito. Muchos cuentan acerca de su aislamiento, del porqué consumir sustancias, apostar o robar —en la casa, en la calle o dentro de un country—; otros develan, muchas veces a través de conductas y síntomas estar atrapados en situaciones de violencia. Hay quienes no las reconocen porque las han naturalizado para sobrevivir y también quienes sienten que no quieren seguir viviendo.La situación de la salud mental infantojuvenil y las condiciones en las que están creciendo las nuevas generaciones son graves.
Quienes tienen el poder de decidir sobre presupuestos, instituciones y políticas públicas siguen ofreciendo respuestas insuficientes.El sufrimiento infantil ha sido despreciado a lo largo de la historia. La historia esta plagada de testimonios. Mientras escribía mi último libro, volví sobre la historia de la salud física y mental infantil y recorrí las concepciones que llevaron a realizar, por ejemplo, cirugías a bebés sin anestesia: se desestimaba su capacidad de sentir dolor y se suponía que no conservarían recuerdo del sufrimiento.
Todavía en 1987, un artículo del New York Times llevaba por título “La sensación de dolor de los infantes es reconocida, finalmente”. Ese reconocimiento tardío habla de cuánto puede persistir una práctica cruel cuando el dolor de quien la padece no es un adulto.Con el dolor psíquico ha ocurrido algo semejante: ha sido tratado como desvío, síntoma o amenaza, pero pocas veces como una verdad. La indiferencia frente al dolor de los niños y niñas también puede funcionar como una defensa colectiva, una desmentida, con lo cual la ceguera puede ser perversa.Esa indiferencia tiene consecuencias concretas: determina qué se financia, qué se posterga y quién queda esperando y sufriendo.La sociedad suele encender las alarmas cuando aparecen los resultados estadísticos: los niños no aprenden, los adolescentes se cortan, se suicidan, apuestan o consumen.
Son alarmas que duran poco, como las noticias, y después se pasa a otra cosa, mientras la urgencia sigue puesta en corregir la conducta considerada desviada y recuperar una supuesta normalidad.Queda poco espacio… Madrid, 10 sep (EFE).- El número total de expedientes por delito fiscal remitidos por Hacienda al ministerio fiscal que fueron juzgados en 2025 se elevó a 166, once más que un año antes, si bien la cuantía total defraudada se redujo un 4,7 % hasta 613,3 millones de euros.Así consta en la Memoria anual de la Fiscalía General del Estado (FGE) de 2026 con datos de 2025, que incluye como delitos económicos los que se cometen contra la Hacienda Pública y la Seguridad Social, el fraude de subvenciones, el contrabando, las insolvencias y frustraciones de la ejecución y los delitos societarios.De estos 166 expedientes, 134 procedían de actas de inspección, 22 de denuncias tempranas no finalizadas en actas y 10 tuvieron su origen en actuaciones de órganos externos a la Agencia Tributaria como órganos judiciales, fiscalías y otros. En el documento se destaca que este volumen de expedientes se sitúa en un nivel muy similar al registrado en los cinco años anteriores, así como el hecho de que no consta ningún expediente remitido por la AEAT al Ministerio Fiscal que haya sido archivado sin judicializar.En total, se dictaron 133 sentencias por delitos contra la Hacienda Pública, de las cuales las total o parcialmente condenatorias representan el 78,19 %.El informe dedica un apartado a la siniestralidad laboral y, como es habitual, establece la comparativa de los últimos cinco años, lapso suficiente para esbozar cuál es la singladura recorrida por este concepto.La comparación de las cifras de los años 2024 y 2025 refleja una disminución en los fallecidos –585 frente a 534–, lesionados graves –3.054 frente a 3.048– y lesionados leves –506.007 frente a 499.869–.
Por lo que respecta a los accidentes mortales, han descendido en 51, lo que porcentualmente supone una disminución del 8,7 %. En números absolutos se observa que es una cifra inferior a la constatada en los años 2022 y 2024, pero superior a la de los años 2021 y 2023, se destaca en el documento.La FGE constata que, entre los años 2007 a 2013, bajan de forma continuada y sostenida el número de siniestros mortales, si bien esa tendencia se revierte a partir del año 2014.Para el organismo "resulta baladí intentar proyectar una explicación, con unos mínimos tintes de verosimilitud y coherencia, sobre este continuo baile de cifras".No es "aceptable ni serio" defender que un año hay un mejor cumplimiento de las normas prev…
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