Unas caderas que giran sin parar, unos glúteos que desafían la gravedad, una pelvis que dibuja círculos con precisión de compás: esa es la fisonomía del perreo. Frente al canon occidental, que durante siglos celebró en la danza la contención y la delgadez femenina, el Caribe forjó su propia belleza: exuberante, ondulante, rítmica. Allí, el cuerpo no nació para ser mirado, sino para vibrar y sentir la música en carne propia, jugando entre el placer y la supervivencia.
Lo que arrancó como un simple baile acabó cambiándolo todo: la música, la política y, según demuestra la exposición Bailando la revolución: Del dancehall al reguetón, hasta las reglas del museo que la aloja.
Summary from source