Hay una escena del Génesis que explica la vida pública dominicana mejor que muchos tratados de ciencia política. Esaú vuelve del campo agotado, huele el guiso de su hermano y entrega su primogenitura por un plato de lentejas. Lo escandaloso del pasaje no es el hambre: es el precio.
Un pueblo cansado siempre negocia mal, y quien tiene el guiso lo sabe.Cotuí lleva décadas sentado a esa mesa.El guion se repite; solo se turnan los actoresQuien recorre los foros, los grupos de mensajería y las tribunas digitales de esta provincia reconoce el libreto sin necesidad de subtítulos. Hay siempre un bloque que denuncia con verdadera indignación: el polvo, el agua turbia, el fondo que no llega, el contrato que nadie explica. Y hay siempre otro bloque que responde que las cosas van bien, que hay que tener paciencia, que la denuncia es politiquería.Lo notable es que ninguno de los dos discursos tiene dueño fijo.
Cambia el signo del poder y los argumentos cruzan la calle intactos, como muebles que se mudan de casa sin perder una pata. El que ayer exigía auditoría hoy pide prudencia; el que ayer pedía prudencia hoy exige auditoría. Ninguno miente del todo: cada uno dice la verdad que le toca por turno.
La indignación se ha vuelto un cargo público más, que se ejerce mientras se está fuera y se entrega al salir.El resultado de esa rotación es aritméticamente perfecto: dos bandos ganan alternadamente y la provincia pierde siempre. Es la única sociedad donde los papeles de víctima y victimario se intercambian sin que nadie se moleste en cambiar los hechos.La aritmética del trasvase: cinco contra medioAhora llega el proyecto de seguridad hídrica del embalse de Hatillo: unos 750 millones de dólares para captar agua del embalse, potabilizarla y conducirla por unos 85 kilómetros hasta el Gran Santo Domingo. Que la capital necesita agua es indiscutible, y nadie con sentido de nación se opondría a que cuatro millones de personas beban.
Pero conviene leer el reparto con calma. La primera etapa contempla trasvasar cinco metros cúbicos por segundo hacia el Gran Santo Domingo y medio metro cúbico por segundo hacia las comunidades de Sánchez Ramírez. El agua nace aquí, se represa aquí, ocupó tierras de aquí, desplazó familias de aquí, y de cada once partes que salgan de ese embalse, la provincia se quedará con una.
Nadie discute la obra: se discute la proporción.
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