Ceuta ha vuelto a convertirse en el epicentro de una crisis migratoria que trasciende la emergencia humanitaria para consolidarse como un complejo tablero de ajedrez diplomático. Lo que a primera vista se presenta como un flujo desesperado de miles de personas buscando refugio en suelo europeo, esconde en realidad un mecanismo de presión internacional. En esta frontera sur de la Unión Europea (UE), los flujos migratorios actúan como el indicador mas preciso de las tensiones bilaterales entre Madrid y Rabat.
También de las circunstancias geopolíticas del Magreb. Detrás de cada repunte migratorio (el anterior fue en mayo 2021) se proyecta la histórica reclamación territorial de Marruecos sobre los enclaves españoles a pesar de que no existe ninguna resolución de Naciones Unidas que reconozca a Ceuta y Melilla como territorios pendientes de descolonización, ni que catalogue la soberanía española sobre los enclaves como un problema colonial. En términos diplomáticos y jurídicos la ONU trata a Ceuta como una frontera exterior soberana de España y de la UE.Sin embargo, desde la independencia en 1956, el reino alauita ha considerado a Ceuta y Melilla como “ciudades ocupadas” y como una anomalía geográfica heredada del pasado colonial.
Aunque las relaciones comerciales y de seguridad obligan a mantener una fachada de cordialidad diplomática con Madrid, Rabat nunca ha renunciado a la aspiración de soberanía. El control fronterizo se convierte, de este modo, en una herramienta de reclamo intermitente que Marruecos activa o desactiva según necesidades políticas internas y externas.La historia reciente demuestra que la apertura o el cierre de los puestos de control marroquí coincide con los momentos de fricción diplomática con España. Cuando Madrid adopta posturas que incomodan a Rabat como podría ser un reciente acuerdo diplomático entre Madrid y Argel, la vigilancia en playas y espigones limítrofes disminuye de forma repentina.
Esta relajación de la seguridad no es casual, funciona como una demostración de fuerza que obliga a España y la UE a negociar bajo una fuerte presión mediática. La migración, en este contexto, deja de ser un fenómeno social para transformarse en un arma diplomática.El principal motor de esta estrategia ha sido tradicionalmente el conflicto del Sahara Occidental. Marruecos exige el reconocimiento internacional de su plan de autonomía para la an…
Mientras decenas de miles de personas intentaban alcanzar Ceuta desde Marruecos, a pocos kilómetros los ferris seguían transportando camiones y mercancías entre las dos orillas del Estrecho: piezas de automóvil, maquinaria, combustibles, ropa, frutas y productos pesqueros. La frontera volvía a convertirse el pasado jueves en un punto de máxima tensión política, pero seguía funcionando como uno de los principales corredores comerciales entre Europa y el norte de África.La magnitud de la entrada irregular, con cifras nunca vistas hasta ahora, ha alimentado las sospechas sobre una posible relajación del control fronterizo marroquí, especialmente por el precedente de 2021. Sin embargo, no existen pruebas públicas concluyentes de que Rabat organizara o permitiera deliberadamente el movimiento migratorio.
Tampoco se han anunciado represalias económicas. De hecho, las autoridades de ambos países reforzaron posteriormente la frontera y facilitaron el regreso a Marruecos de buena parte de quienes habían cruzado.Pero lo ocurrido deja al descubierto una relación de dependencia cruzada entre ambos países: España necesita la cooperación de Marruecos para controlar la frontera y gestionar los flujos migratorios, mientras Marruecos necesita a España para vender, atraer inversión y consolidarse como plataforma industrial próxima al mercado europeo. En 2024, ambos países intercambiaron mercancías por un valor récord de 22.693 millones de euros.
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