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Entre el mimetismo y el estigma delictivo

World 1 source 1 country 🔦 Under-reported 29m ago

Con motivo de recibir el Doctorado Honoris Causa otorgado por la Universidad Abierta para Adultos (UAPA), monseñor Jesús Castro Marte, obispo de la diócesis de Nuestra Señora de la Altagracia, pronunció un discurso que invita a reflexionar sobre la relación entre educación, crecimiento económico y bienestar social. Sus planteamientos ofrecen una perspectiva que trasciende las críticas habituales a los resultados del sistema educativo dominicano y nos convoca a reconocer el valor del conocimiento acumulado por nuestra sociedad como fundamento de su desarrollo.Desde que se aprobó, en 2012, la asignación del 4 % del producto interno bruto (PIB) a la educación preuniversitaria, el debate nacional ha estado marcado por la preocupación ante los bajos resultados de los estudiantes dominicanos en las evaluaciones nacionales e internacionales. Para muchos, la inversión realizada no ha producido la mejoría esperada en los aprendizajes.

Se trata de una preocupación legítima, pero no debería impedirnos examinar otras dimensiones de la contribución educativa al desarrollo del país.En su discurso, monseñor Castro Marte plantea una idea fundamental: «La educación de muchas y variadas formas ha sido el gran impulso del desarrollo económico que hemos conocido hasta ahora». Con esta afirmación, invita a reconocer que el crecimiento dominicano no puede explicarse exclusivamente por la inversión de capital, las infraestructuras o la expansión de los servicios. Detrás de esas transformaciones también se encuentran las capacidades humanas desarrolladas durante décadas mediante la educación y la experiencia profesional.El país ha experimentado cambios significativos en su estructura productiva, sus instituciones y sus actividades económicas.

El tránsito hacia una economía más diversificada ha requerido profesionales, técnicos, docentes, administradores y trabajadores capaces de asumir nuevas responsabilidades, incorporar tecnologías y responder a las exigencias de mercados cada vez más complejos.Ese conjunto de conocimientos, habilidades y experiencias constituye el capital humano de la nación. Su acumulación permite que las empresas mejoren sus procesos, las instituciones públicas fortalezcan su gestión y los ciudadanos encuentren nuevas oportunidades laborales. Es un patrimonio colectivo que no siempre aparece reflejado en las estadísticas del gasto educativo, pero que resulta …

La proliferación del pandillerismo urbano en la República Dominicana ha dejado de ser un mero fenómeno de criminalidad común para convertirse en un prisma sociocultural complejo. En los barrios marginales y conglomerados urbanos del país, las estructuras de las bandas de calle —desde las tradicionales facciones locales hasta aquellas influenciadas por dinámicas transnacionales— han extendido una simbología gráfica y actitudinal caracterizada por el arte corporal, la jerga, la gestualidad y la vestimenta. Sin embargo, en el centro de esta realidad se produce una distorsión profunda: la confusión sistemática entre la pertenencia activa a una estructura delictiva y la simple adopción mimética de sus códigos estéticos por parte de jóvenes ajenos al crimen.Esta mímesis subcultural no surge en un vacío.

Su origen primario reside en la quiebra de la contención familiar y el abandono parental de facto. La falta de referentes tutelares sólidos en el hogar, sumada a la delegación de la crianza en terceros o al desamparo afectivo y formativo, deja a los jóvenes vulnerables en un estado de desorientación cívica. Ante la ausencia de estructuras de apoyo que inculquen valores cívicos y pautas de ciudadanía, el entorno inmediato del barrio ofrece su propio catálogo de identidad.

Para un adolescente en desarrollo, la adopción del lenguaje visual de la pandilla —incluidos los tatuajes identitarios, los estigmas corporales distintivos y el lenguaje no verbal— responde muchas veces a la necesidad instintiva de pertenencia, búsqueda de estatus o incluso a una estrategia inconsciente de protección dentro de entornos donde el poder de la calle dicta las normas.La evidencia empírica demuestra que este mimetismo no determina de manera inexorable una trayectoria delictiva. Innumerables profesionales honestos, ciudadanos de bien y líderes comunitarios de hoy incurrieron durante su juventud en este tipo de prácticas estéticas y actitudinales de imitación urbana, sin que ello derivara jamás en conductas ni hábitos criminales. Este hecho constata que el tatuaje, la vestimenta o la jerga de calle suelen ser muchas veces fases transitorias de exploración identitaria o modas de la edad temprana, perfectamente compatibles con un desarrollo ciudadano íntegro cuando no se rompen de forma irreparable las oportunidades de superación y existe identidad ética y moral.Sin embargo, el problema med…

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Read the full story at the source Diario Libre (Santo Domingo, Dominican Republic) · DO ↗
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