Mientras me sacaba el maquillaje, miraba a mi marido a través del espejo. Se había quitado el saco y estaba sentado en la cama, sacándose los zapatos y las medias. Después, como hacía siempre, empezó a masajearse los pies durante un buen rato.Hubo un tiempo en que ese gesto me parecía tierno pero esa noche me repugnaba.
Mientras me pasaba la crema por lacara, yo no podía esconder las lágrimas. Me preguntaba en qué momento había dejado de soportar tantas cosas. ¿Cuándo había empezado a apartar la mirada?
¿Cuánto tiempo llevaba sin querer ver lo que tenía en frente?La respuesta llegó esa misma noche, después de una cena cuando vi a mi marido tocarle la cintura a una de sus “amigas” mientras ella le hablaba al oído. Yo vi la escena completa, pero lo peor fue descubrir que mi verdadera amiga, Viviana, también la había visto. Y que otra mujer, detrás de mí, había dicho:—Sandra no se entera de nada...
Muy conveniente, ¿no?Viviana se acercó con dos copas.—Actuá como si supieras todo y cambiá la cara, por favor, que me estás asustando. ¿Te va a dar un infarto?Yo no entendía nada.—No puedo ser más imbécil. Y tiene el descaro...Viviana me miró, incrédula.—Pero, en serio, Sandra, ¿no lo sabías?
¿Tampoco que su marido, el socio del tuyo, lo dejó esta mañana? ¿No sabés que Pablo se está acostando con su mujer?El impacto fue demoledor. Cuando llegamos a casa, lo enfrenté.—¿Por qué no me contaste nada?Él siguió masajeándose los pies.—¿Y qué te tenía que contar?—Que Esteban se fue de la empresa y que te estás acostando con su mujer.—¿Y?
No es asunto tuyo.La frase terminó de romper algo que llevaba años roto. Dos años antes lo había descubierto con pruebas, escuchas y fotos. Se las había puesto delante de la cara.
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