Un libro no cae en el vacío: es producido por y para un contexto. Hacía tiempo que Roberto Gargarella venía quitándole la hojarasca a la izquierda, buceando entre conceptos y nociones, capas y capas de interpretaciones forzadas, para por fin dar con algunas esencialidades, con algunas ideas originarias que resistan el cruel e interesado paso del tiempo. Entonces escribió Izquierda y política, que sale ahora, en una época donde, en sus propias palabras, “el ambiente se ha enrarecido ideológicamente”.“Ante toda esta batalla antiwoke, que es tan agresiva, me era especialmente importante y atractiva la reivindicación de un modo de pensar la política, que creo que es el que vale la pena.
Cuando uno dice ”izquierda", pero también cuando dice “derecha”, las cuestiones aparecen tan emotivamente cargadas que la discusión se complica o se enrarece o va por cualquier lado, si uno no aclara de qué está hablando. Por eso, en el libro hice un ejercicio de clarificación conceptual”, comenta del otro lado del teléfono.Este abogado, sociólogo y jurista argentino cuenta con más de 25 libros. Manifiesto por un derecho de izquierda, El derecho como una conversación entre iguales y La sala de máquinas de la Constitución, son algunos.
Ahora, en este nuevo título, parte de un problema concreto. Frente a la idea del consenso mágico, escribe que “solemos estar muy en desacuerdo en torno a nuestras convicciones más básicas”, pero además, “estamos lejos de tener un acuerdo acerca de lo que significa ser de izquierda“.“Históricamente Argentina y América Latina experimentaron con muchos modelos político-ideológicos diferentes. Depende de cómo definimos las cosas, y a mí me interesa una definición muy particular.
Yo sitúo dos ejes: cómo piensan las libertades personales y cómo piensan el autogobierno colectivo, que sería la cosa más democrática, la idea de que el pueblo decida. Históricamente América Latina tuvo mucho de experiencias conservadoras, que se han mostrado muy hostiles a estos dos ejes”.Para Gargarella, “lo peor de la historia latinoamericana tiene que ver con las experiencias conservadoras”, porque han sido “hostiles a las libertades personales y a las libertades colectivas”. Pero también están las experiencias del liberalismo, que “ha tenido una concepción mucho más amigable y defensora de libertades personales, como libertad de prensa, libertad de asociación y demás”; sin…
A Hollywood le encanta el apocalipsis: el fin del mundo se avecina y nuestro héroe debe impedirlo. Pero si bien el apocalipsis como destructor de la humanidad resulta útil para los guionistas como recurso dramático, no es una definición del todo precisa.La palabra deriva de apokalypsis, un término griego que significa “revelación”, un momento en el que se desvela la realidad. Las ilusiones se desvanecen y emerge algo oculto.
Dicho de otro modo: un apocalipsis no es el fin del mundo , sino el fin de un mundo y el comienzo de algo nuevo.Algunas películas de Christopher Nolan, como Interstelar y Tenet, encajan con la idea del apocalipsis hollywoodense: la humanidad está al borde de la destrucción, ya sea por una plaga o un misterioso artefacto apocalíptico. Pero es la concepción más reveladora del apocalipsis la que realmente apasiona a Nolan, presente en casi todas sus películas. Por eso, La Odisea fue una elección tan obvia para adaptar, y por eso la película se siente como una obra complementaria de su anterior filme, Oppenheimer.En ambas películas, las ambiciones de Nolan van mucho más allá de las historias individuales que narra, e incluso de las épocas en las que se ambientan.
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