Al moderar el diálogo de alto nivel de Meta RD 2036, confirmé una convicción que se ha ido formando en mí mientras recorro el país: a la República Dominicana no le faltan diagnósticos ni aspiraciones. Entre 1990 y 2025 construimos 12 estrategias y planes de visión nacional y 47 planes de transformación sectorial. Hemos pensado mucho el país que queremos.
El desafío decisivo está en otro lugar: convertir visión en ejecución. Una de las presentaciones del foro resumió precisamente las grandes debilidades históricas de los planes de desarrollo en tres dimensiones: desconfianza entre actores, limitada coordinación y distancia entre planificación e implementación. Ahí comienza, a mi juicio, la verdadera discusión sobre institucionalidad.
Por eso resulta relevante que Meta RD 2036 no se conciba simplemente como otro documento, sino como una plataforma permanente de colaboración entre el Estado, el sector privado, la academia y la sociedad para identificar obstáculos, priorizar, coordinar, ejecutar y aprender, con el propósito de duplicar el PIB real hacia 2036. Esa última palabra —aprender— merece especial atención. Una institución madura no es aquella que nunca se equivoca, sino la que mide sus resultados, reconoce lo que no funciona, corrige oportunamente y acumula capacidades para hacerlo mejor la próxima vez.
Andrés Velasco aportó una advertencia especialmente pertinente. La República Dominicana viene de 35 años de notable desempeño económico, pero no debe sentirse demasiado cómoda. Su exposición mostró que, con un PIB per cápita cercano a 11,059 dólares en 2025, el país se encuentra en una zona en la que muchas economías de ingresos medianos comienzan a perder dinamismo antes de alcanzar el desarrollo.
El riesgo no consiste únicamente en crecer menos. Consiste en llegar a ese punto sin haber elevado suficientemente la productividad, sofisticado nuestras empresas, incorporado conocimiento y fortalecido nuestras instituciones. Y hay un dato aún más revelador: las razones que explican esa trampa no son solo económicas; también son políticas e institucionales, y estas suelen ser las más difíciles de superar.
Federico Sturzenegger colocó sobre la mesa otra dimensión del problema: el Estado también puede acumular, con el paso de los años, regulaciones, trámites y procesos que terminan dificultando aquello que originalmente pretendían ordenar.
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