A pesar de los esfuerzos realizados durante décadas por los gobiernos, los organismos internacionales y la sociedad civil, el hambre continúa siendo uno de los problemas más persistentes de la humanidad. Millones de personas carecen de los alimentos necesarios para llevar una vida saludable, mientras que otros sectores de la población, incluso en países con suficiente producción agrícola, no pueden adquirir una dieta adecuada debido a sus bajos ingresos y al elevado costo de la vida.En este contexto, la República Dominicana acaba de alcanzar un hito importante. En julio de 2026, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) confirmó que el país redujo la prevalencia de la subalimentación por debajo del 2.5 %, umbral internacional utilizado para determinar la salida del Mapa del Hambre.
Este reconocimiento constituye un avance significativo y merece ser celebrado, pero también exige una reflexión sobre la sostenibilidad de los resultados y las tareas pendientes para garantizar que todos los dominicanos puedan alimentarse dignamente.La distinción no debe interpretarse como la desaparición absoluta del hambre ni como una certificación de que todos los hogares disponen de una alimentación suficiente, variada y nutritiva. La subalimentación es un indicador estadístico específico, mientras que la inseguridad alimentaria también comprende las dificultades para adquirir alimentos saludables, la reducción de las porciones, la omisión de comidas y el deterioro de la calidad nutricional de la dieta. Por eso, el éxito debe medirse tanto por los avances nacionales como por la situación de los hogares más vulnerables.De los Objetivos del Milenio a los Objetivos de Desarrollo SostenibleEn el año 2000, la comunidad internacional adoptó los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), cuya vigencia se extendió hasta 2015.
Su primer objetivo consistía en erradicar la pobreza extrema y el hambre. Entre sus metas figuraba reducir a la mitad, entre 1990 y 2015, la proporción de personas que padecían hambre y de aquellas cuyos ingresos eran inferiores a un dólar diario, según los parámetros internacionales utilizados en aquel momento.La República Dominicana participó en este compromiso internacional y logró avances en diversas áreas del desarrollo humano. Sin embargo, los resultados no fueron uniformes.
La reducción de la pobreza y la ampliació… El paisaje social de Europa está temblando. Desde los institutos franceses, que se caen a pedazos por falta de recursos, hasta las huelgas escolares en más de un centenar de ciudades alemanas contra el retorno encubierto de la mili, pasando por el hartazgo de una juventud española que no puede pagar un alquiler, los jóvenes europeos han decidido cambiar las aulas por la calle.Y ahí empieza el cuento.
Desde los despachos del poder y los grandes circuitos mediáticos se agita el viejo comodín de la «injerencia externa» o el miedo a una invasión rusa inminente para justificar lo que, de otro modo, no se justifica. Conviene mirar más allá del discurso oficial. Ni estas protestas obedecen a manipulaciones extranjeras, ni existe una amenaza real de invasión rusa a Europa occidental que justifique militarizar el futuro de toda una generación.Agravios reales, no fantasmas geopolíticosAtribuir las movilizaciones a una «influencia rusa» es un insulto a la inteligencia de los jóvenes —y una manera muy cómoda de los gobiernos de esquivar su responsabilidad—.
Nadie en Berlín, París o Madrid recibe consignas desde Moscú. Lo que recibe, y de sobra, son las consecuencias de decisiones muy concretas tomadas en sus propias capitales.En Alemania, el rechazo a la nueva ley del servicio militar (Wehrdienstmodernisierungsgesetz), con sus cuestionarios y sus exámenes médicos a los 18 años, nace del temor fundado a ver la vida hipotecada por una escalada belicista. Saben que cada euro del rearme es un euro menos para la educación, la sanidad y la transición ecológica.
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