En 2025 ingresaron a la República Dominicana US$47,355.7 millones por concepto de exportaciones de bienes, turismo, remesas, inversión extranjera directa y otros servicios. Las exportaciones alcanzaron US$15,930.6 millones; las remesas, US$11,866.3 millones; los ingresos turísticos, US$11,318.5 millones; y la inversión extranjera directa superó por primera vez los US$5,000 millones. Después de que el crecimiento económico se moderara hasta un 2.1 % durante ese año, la actividad comenzó a recuperar su dinamismo: en junio de 2026 creció un 6.4 % y acumuló una expansión promedio de 4.5 % durante el primer semestre.
Estas cifras no describen a un país inmóvil ni resignado. Describen a una nación que ha aprendido a producir, exportar, atraer inversiones, recibir al mundo y levantarse después de cada dificultad. Esa capacidad debe llenarnos de confianza, pero también convocarnos a una reflexión más profunda.
La pregunta que tenemos por delante ya no es solamente cuánto puede crecer la economía dominicana, sino cómo convertimos ese crecimiento en una transformación duradera de la vida de nuestra gente. ¿Cómo logramos que las divisas se traduzcan en productividad, innovación y mejores empleos? ¿Cómo hacemos que la inversión se convierta en capacidades nacionales?
¿Cómo garantizamos que el crecimiento llegue a las provincias, fortalezca a nuestras pequeñas y medianas empresas, mejore los servicios públicos y abra oportunidades para los jóvenes? Esa es la frontera que debemos cruzar durante la próxima década.Este miércoles tendré el honor de moderar el diálogo de alto nivel sobre las perspectivas económicas de América Latina, en el marco de Meta RD 2036, junto a Andrés Velasco, Federico Sturzenegger y Magín Díaz. Mientras preparaba las preguntas para esa conversación, comprendí que detrás de los indicadores, las reformas y las proyecciones aparece siempre una misma cuestión: ¿qué permite que una nación transforme una visión ambiciosa en resultados capaces de sostenerse a través del tiempo?
La respuesta conduce inevitablemente hacia la institucionalidad. Los países no alcanzan el desarrollo únicamente porque tengan buenas ideas, empresarios innovadores, recursos naturales o períodos de crecimiento elevado. Lo alcanzan cuando construyen instituciones capaces de establecer prioridades, coordinar esfuerzos, ejecutar políticas, evaluar resultados y mantener una dirección …
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