Blanca EscribanoBuñol (España), 26 ago (EFE).- Una fiesta que se espera de un año a otro y que atrae a turistas de cualquier rincón del mundo solo para 60 minutos, esa es la Tomatina, la batalla a tomatazos que sigue convirtiendo a la localidad valenciana de Buñol (este de España) en una icónica y viral marea roja. Los camiones cargados con 150 toneladas de tomate pera empezaron a circular a mediodía, tras el tradicional chupinazo (cohete pirotécnico), por unas calles ya abarrotadas de gente desde primera hora de la mañana y así comenzó una de las fiestas más internacionales de España, que en 2027 cumplirá su 80 edición.En cuestión de segundos, los primeros tomates, cultivados expresamente para la ocasión, transformaron el color, el olor y hasta la textura del municipio valenciano, que, como cada último miércoles de agosto, deja la tranquilidad de sus 9.700 habitantes y se convierte en un campo de batalla festivo para más de 22.000 participantes.Con el cartel de 'todo vendido' colgado por tercer año consecutivo, la Tomatina conserva la apariencia de una pelea improvisada que empezó en 1945 entre un grupo de jóvenes, pero tiene, en realidad, una organización y precisión matemática: siete camiones, 150 toneladas de tomate -casi siete kilos por persona- y una hora para convertir el centro del pueblo en una marea roja.En unas calles en las que da la sensación de no caber ni un alfiler, el primer pensamiento de cualquiera que visualice esta fiesta desde las alturas, en las terrazas y balcones de las casas, es: ¿Cómo va a pasar un camión por ahí? Pero consiguen hacerse hueco sin problemas, y con cadenas humanas de seguridad y vigilancia, en medio de tanta emoción.Antes del primer tomate llegaron las gafas de buceo, las fundas impermeables para los teléfonos móviles y esa camiseta vieja -blanca- que ya se da por perdida, una fiesta que tiene sus propios códigos de supervivencia, aunque siempre hay algún participante que se atreve a disfrazarse de tomate.Desde los balcones, algunos vecinos también exhibieron banderas palestinas y otras a favor de la educación pública y lanzaron agua con mangueras y cubos a unas calles abarrotadas.Algunos de los 'combatientes' en esta batalla describieron la sensación que se vive dentro como "una experiencia imperdible" y "espectacular", que a muchos les hizo "sentir jóvenes", con expectativas superadas y un efecto casi terapéutico …
Blanca EscribanoBuñol (Valencia), 26 ago (EFE).- Una fiesta que se espera de un año a otro y que atrae a turistas de cualquier rincón del mundo solo para 60 minutos no puede ser otra que la Tomatina, la batalla de tomatazos que sigue convirtiendo a Buñol en una icónica y viral marea roja por una tradición que en 2027 cumplirá ya 80 ediciones.Con un cielo medio nublado que ha permitido disfrutar del acontecimiento sin pasar tanto calor, los camiones cargados con 150 toneladas de tomate pera han comenzado a circular a las 11:59 horas, tras el tradicional chupinazo, por unas calles ya abarrotadas de gente desde primera hora de la mañana.En cuestión de segundos, los primeros tomates, procedentes este año de Don Benito (Badajoz), han transformado el color, el olor y hasta la textura del municipio valenciano, que, como cada último miércoles de agosto, deja la tranquilidad de sus 9.700 habitantes y se convierte en un campo festivo de batalla para más de 22.000 participantes.La India, Australia, Canadá, Gran Bretaña… un pequeño mapa internacional que ha gritado de emoción y que lo ha dado todo incluso antes de sonar la carcasa pirotécnica, con la atrevida previa protagonizada por el palo jabón y el almuerzo popular para coger fuerzas, con sus bollos con longaniza, panceta y chorizo.Con el cartel de 'todo vendido' colgado por tercer año consecutivo, la Tomatina conserva la apariencia de una pelea improvisada que empezó en 1945 entre un grupo de jóvenes, pero tiene, en realidad, una organización y precisión matemática: siete camiones, 150 toneladas de tomate -casi siete kilos por persona- y una hora para convertir el centro en una marea roja.En unas calles en las que da la sensación de no caber ni un alfiler, el primer pensamiento de cualquiera que visualice esta fiesta desde las alturas, en las terrazas y balcones de las casas, es: ¿Cómo va a pasar un camión por ahí?
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