Elevenlabs, la compañía conocida por su tecnología de voz y audio con Inteligencia Artificial (IA), ha abierto durante unos días una tienda 'pop up' en Madrid en la que se puede entrevistar virtualmente a los dos pilotos de la escudería Audi de Fórmula 1, Nico Hülkenberg y Gabriel Bortoleto.ElevenLabs, fundada en 2022 por Mati Staniszewski y Piotr Dabkowski, está especializada en el desarrollo de IA para la generación y síntesis de voz, y se ha dado a conocer entre la generación Z por algunas de las voces predeterminadas en TikTok, como la voz 'Adam'. La compañía, valorada en 11.000 millones de dólares, opera a escala global con oficinas en varios países.En la presentación de la 'pop up' en Madrid, que estará abierta al público hasta este domingo en la calle Belén, 4 aprovechando la celebración del Gran Premio de España de Formula 1, la responsable de Marketing Growth y Experiencia en ElevenLabs en España, Sasha Glatt, ha dado los detalles de la empresa y ha ofrecido un recorrido por el espacio interactivo en el que se pueden probar algunas de sus soluciones.Las dos líneas principales de producto de ElevenLabs son agentes de IA conversacionales, diseñados para atención al cliente, ventas y capacitación de empleados --con clientes en España como Mapfre o eDreams--, y ElevenCreative, una plataforma como una herramienta modular que permite pasar de un 'prompt' a una campaña publicitaria completa y que nació como un generador de voces por IA.De hecho, ElevenLabs, como socio tecnológico oficial del equipo Audi F1, ofrece en una de las demostraciones interactivas la posibilidad de hacer una entrevista a los agentes conversacionales basados en las voces y bases de conocimiento de Nico Hülkenberg y Gabriel Bortoleto."En esta experiencia tenemos las voces de Gabriel Bortoleto y de Nico Hülkenberg clonadas a través de nuestra tecnología, y aquí adentro se puede entrevistar a los dos pilotos con su propia voz", subraya Glatt.En esta demostración, cada uno de los pilotos responde naturalmente con su voz, incluso en distintos idiomas como el castellano, a preguntas sobre el rendimiento de su escudería en el mundial de Fórmula 1, cuál es su piloto español favorito o detalles sobre la próxima carrera que acontecerá en la capital española."Ellos nos pasaron su información: de dónde vienen, cuál es su estrategia, qué es lo que les importa, qué es lo que les preocupa", señal… Un joven francés de 18 años estaba sentado en la sala de espera de un dentista, en París, hojeando una revista mientras esperaba que lo atendieran.
Ahí, entre anuncios y noticias que no le importaban demasiado, se topó con un artículo sobre un proyecto arquitectónico en Nueva York: dos torres gemelas, las más altas del mundo, que todavía ni siquiera estaban terminadas de construir. El artículo venía con un dibujo, una especie de boceto de cómo se verían esas dos torres una vez levantadas.El joven se llamaba Philippe Petit. Y en ese instante, mirando ese dibujo en una revista vieja de una sala de espera, sintió algo que él mismo, muchos años después, describiría casi como un llamado.
No una decisión, no un plan: un llamado. Tomó una lapicera y, sobre el dibujo de las dos torres, trazó una línea que las unía por arriba. Y ahí, sin saberlo todavía del todo, firmó una promesa consigo mismo que le iba a llevar seis años de su vida cumplir.Porque Philippe Petit no era arquitecto, ni ingeniero, ni tenía ningún interés particular en Nueva York.
Y lo que vio en ese dibujo no fue un edificio: fue un espacio vacío entre dos puntos, esperando que alguien lo cruzara.Para entender lo que pasó después, hay que entender primero quién era este hombre. Petit se había criado en las afueras de París, un chico inquieto, expulsado de varios colegios, que aprendió malabares, magia y equilibrismo casi por su cuenta, mirando y practicando obsesivamente en parques y plazas. A los dieciocho años ya era una figura conocida en las calles de París: hacía sus números de funambulismo y de magia callejera frente a quien quisiera detenerse a mirar.Pero lo suyo no era el circo tradicional, con red de seguridad y contrato con un empresario.
Petit no quería actuar para el público que paga entrada y se sienta a mirar desde una butaca segura. Quería intervenir el espacio público mismo, de manera clandestina, sin permiso de nadie, y convertir un lugar cotidiano en un escenario imposible.En 1971, tres años después de aquel dibujo en la revista, cruzó caminando por un cable tendido entre las dos torres de la Catedral de Notre Dame, en París. De noche, entrando a escondidas, armando el cable con la ayuda de un puñado de amigos cómplices.
A la mañana, los parisinos se despertaron c…
Summary from source