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Otra mirada a cuadro que la política que USA vetó

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La retirada del cuadro Young Artists After Siamesas 1960, de Kehinde Wiley, de la Embajada de los Estados Unidos en Santo Domingo, hecho que ha dado la vuelta al mundo, pertenece a esa clase de decisiones que parecen administrativas hasta una segunda mirada. De pronto, la pared adquiere espesor y la pintura deja de ser un objeto decorativo. Entran en escena la historia, los símbolos, la relación entre dos países y una pregunta incómoda: ¿sabían quienes ordenaron quitarlo qué era exactamente lo que vetaban?Las decisiones apresuradas suelen padecer de miopía.

Ven la superficie, distinguen los colores más llamativos y, satisfechas con ese reconocimiento elemental, dictan sentencia. Una palabra de moda basta para condenar un libro; una etiqueta ideológica, para descolgar un cuadro. El poder, cuando se siente urgido por demostrar que manda, rara vez dispone del sosiego necesario para comprender.

El arte, por su lado, tiene la mala costumbre de resistirse a las clasificaciones simples.La otra dimensión del cuadroLa obra de Wiley tampoco fue concebida para pasar inadvertida. Más de doce pies de ancho y cerca de nueve de alto, impone la presencia de cuatro jóvenes dominicanos. Dos permanecen de pie en el centro y otros dos, sentados en los extremos inferiores, sostienen una composición que recuerda la solemnidad teatral de los grandes retratos históricos, aquellos en los que los nobles, militares y gobernantes se ofrecían a la posteridad convencidos de que el mundo les pertenecía.

Los cuerpos comparecen con la seguridad de quienes no han pedido permiso para estar allí.Ahí comienza el juego de Wiley. Se apropia del lenguaje visual y cambia a los protagonistas. Donde antes aparecían pelucas empolvadas, uniformes y condecoraciones, coloca jóvenes negros contemporáneos.

La sustitución es el argumento, no un detalle.Detrás se extiende un fondo turquesa de flores rojas, blancas, verdes y violetas. La exuberancia rompe deliberadamente con la sobriedad que cabría esperar de un retrato destinado a un espacio diplomático. El color interrumpe la neutralidad, si es que tal cosa existe en el arte institucional, e introduce una sensibilidad caribeña expansiva.

Lo decorativo, tantas veces relegado a condición menor, muta en instrumento de poder.Sería un error, empero, interpretar el cuadro únicamente a partir de la trayectoria habitual de Wiley, su fama y el…

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Read the full story at the source Diario Libre (Santo Domingo, Dominican Republic) · DO
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