Ciertamente, vivimos en una sociedad que progresa materialmente, mientras parecen retroceder los valores fundamentales que hacen posible la convivencia humana. Tenemos más tecnología, mejores comunicaciones y mayores oportunidades de educación y acceso a conocimientos que nuestros abuelos jamás imaginaron. Sin embargo, nos preguntamos si ese progreso ha venido acompañado de un crecimiento equivalente en nuestra conducta moral y en el respeto hacia los demás.No estamos diciendo que todo tiempo pasado fue mejor.
Cada generación ha tenido sus virtudes, defectos y contradicciones. Pero no podemos cerrar los ojos ante comportamientos que se extienden por nuestra sociedad y revelan un fuerte debilitamiento de las normas elementales de convivencia.La vulgaridad, la intolerancia, la violencia verbal, el irrespeto a los mayores, la deshonestidad y el desprecio por las normas sociales parecen encontrar cada día más espacios de aceptación. Conductas que antes provocaban rechazo hoy se exhiben públicamente, sin el menor asomo de vergüenza.Uno de los fenómenos más inquietantes es la creciente normalización de comportamientos destructivos.
El consumo abusivo de alcohol, el uso de drogas y la proliferación de los juegos de azar, con bancas de apuestas que funcionan en todo el país, constituyen amenazas para las familias, especialmente para aquellas que viven en condiciones de vulnerabilidad económica.Las apuestas se presentan como una oportunidad para escapar de la pobreza. Se vende la ilusión de enriquecerse sin esfuerzo, mientras se debilita la cultura del trabajo, el ahorro y la responsabilidad.También es preocupante el deterioro del respeto hacia las personas mayores. Durante generaciones, los abuelos representaron una fuente de sabiduría, experiencia y orientación familiar.
Su palabra tenía valor y su presencia inspiraba consideración.Hoy observamos situaciones en las que los envejecientes son ignorados, abandonados o tratados como si sus años de vida constituyeran una carga. Olvidamos que una sociedad que desprecia a sus mayores está despreciando su propia memoria.También hemos perdido terreno en algo tan sencillo como la cortesía. Ceder el asiento a una persona mayor, respetar una fila, saludar con educación, abrir la puerta a una dama o ayudar a quien atraviesa una dificultad deberían ser expresiones naturales de nuestra formación ciudadana.Sin embargo, con frecue…
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