Me sorprendió que un vendedor de la calle me detuviera en el parqueo de un supermercado. El personaje llevaba en la mano una mazorca de cacao y me la ofrecía por una suma que he olvidado. Tengo una historia verdaderamente interesante (o eso creo), con este fruto de los dioses que tiene en su poder la existencia de enormes predios agrícolas para su desarrollo: unas 172,000 hectáreas, según las cifras oficiales.
Es necesario que indaguemos en la historia colonial para ver cómo se multiplica este cultivo. Con los datos históricos pertinentes, se intenta conocer cómo el cacao comienza a ser importante para la agricultura dominicana. He visitado fincas donde se puede ver todo el proceso: desde la manera en que es sembrado hasta como es finalmente industrializado.
Varios años atrás, un agricultor de renombre me acompañaba por los predios de San Francisco de Macorís, Salcedo, Moca y La Vega. Como en una aventura total, nos adentramos en las fincas de algunos productores de cacao. En el interior del país hay una intensa dinámica agrícola que se puede apreciar en las cifras que se publican oficialmente.
Mi amigo me explicaba cómo funciona todo el sembradío y yo, que soy un curioso en todas las materias del saber campesino y de la historia nuestra (el cacao es un producto y su proceso cae dentro de las P de la Mezcla de Mercadotecnia: Producto, Precio, Promoción, Plaza y Publicidad), me interesaba en los detalles. Notable entusiasta del campo dominicano, mi amigo era un conocido productor agrícola desde hace muchos años. Íbamos a la reunión con un personaje llamado El Estilista, un barbero que nunca apareció: la intención era que este nos acompañara a Foresta para conseguir un permiso para tumbar unos cuantos pinos, algo que no terminamos haciendo.
De ese tipo de historias se puebla la realidad productiva de los predios agrícolas y las esforzadas comunidades del interior del país. En documentos anteriores, se ha narrado la historia del tabaco, del café y ahora del cacao. Como dije inicialmente, me sorprendió que este muchacho me ofreciera este producto sin procesar, como los que yo había visto en la finca.
Habría llegado a sus manos esta mazorca de aquellos lares, cosa que por andar rápido no le pregunté, algo que me ha “pesado”. Lo que sí puedo decir es que esa mazorca era bien bonita, con un color adecuado y una consistencia notable. La montaña argentina se convierte cada invierno en un escenario donde el deporte, los paisajes y los momentos de descanso se combinan para crear experiencias que trascienden las pistas.
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